Ojo al carro de la compra: ¿pagas lo mismo por menos?
En los últimos tiempos, muchos consumidores han notado que productos cotidianos parecen cambiar sin que su precio lo haga. Desde alimentos hasta artículos de higiene o ropa, la sensación de que se paga lo mismo por una calidad inferior ha generado inquietud y preguntas legítimas sobre qué está ocurriendo realmente en el mercado. Este fenómeno, que ha ganado presencia en la opinión pública, lleva un nombre específico: cheapflación.
La cheapflación no es simplemente un incremento de precios, sino una práctica por la cual fabricantes o marcas mantienen el precio de venta de un producto mientras reducen su calidad o sustituyen ingredientes o materiales por otros más baratos. Para el consumidor, esto puede traducirse en cambios en el sabor de un alimento, menor durabilidad de un producto o una experiencia de uso distinta sin que el envase ni el coste por unidad lo hagan evidente.
Qué es la cheapflación y por qué importa a los consumidores
La cheapflación, término derivado del inglés que combina cheap (barato) e inflation (inflación), describe una estrategia comercial en la que se buscan recortes en la composición o calidad de los productos para contener costes de producción sin subir su precio al público. Esto puede darse en contextos de presión económica y aumento de los costes de materias primas o energía, donde las empresas optan por mantener un precio estable para no perder competitividad.
Según organizaciones de consumidores como la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), esta práctica puede pasar desapercibida si los cambios en los ingredientes o materiales no se destacan de forma clara en el etiquetado, dejando al comprador sin señales evidentes de que el producto ha sido reformulado. Por ejemplo, un alimento que antes usaba ingredientes de cierta calidad podría sustituirlos por otros más económicos sin que su precio o presentación cambien ostensiblemente.
La cheapflación no se limita solo a productos alimentarios: también puede afectar a artículos de droguería, tecnología, ropa y otros bienes de consumo masivo, siempre que la empresa logre reducir costes sin modificar el precio de venta.
Para las personas consumidoras, el impacto puede ser significativo. Más allá de pagar lo mismo por un producto que ofrece menor calidad o valor funcional, existe el riesgo de que estas prácticas erosionen la confianza en las marcas y compliquen las decisiones de compra, especialmente cuando no se dispone de información clara y comprensible sobre las modificaciones realizadas.
En respuesta, asociaciones de consumidores y legisladores han planteado propuestas para que los cambios en la composición o calidad de los productos sean indicados de forma explícita en el etiquetado o en el punto de venta, facilitando que quienes adquieren esos productos puedan comparar y decidir de manera informada.
El fenómeno de la cheapflación pone de manifiesto la importancia de leer detalladamente las etiquetas, comparar ingredientes y valorar no solo el precio, sino también la calidad real de aquello que se compra, en un entorno económico donde las estrategias comerciales evolucionan junto con las expectativas del mercado.