Consecuencias de los cambios impositivos

El pago de impuestos: En la gran mayoría de democracias del mundo existe el llamado Estado del Bienestar. 

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Se entiende que los poderes públicos deben ofrecer una serie de servicios básicos (educación, sanidad…) e invertir de tal forma que sienten las bases para poder desarrollar una sólida actividad económica. Para poder llevar a cabo todas estas acciones, precisan de un dinero, que proviene del esfuerzo fiscal de las personas y empresas del país.

Las consecuencias del déficit

Desde un punto de vista de estabilidad presupuestaria, lo ideal sería que la Administración Pública no gastara más de lo que ingresa. Cuando esto sucede, debe endeudarse y, por lo tanto, pagar unos intereses derivados de esta deuda. Es precisamente lo que ha estado pasando los últimos años: el endeudamiento ha sido tal que prácticamente está a niveles del PIB (total de la riqueza) que se genera en un año. Aunque se han hecho esfuerzos para reducir el déficit, la existencia de este déficit significa que se continúa gastando más de lo ingresado. Por lo tanto, ante una situación de este tipo, existen dos vías de solución:

  • Rebajar los gastos: es lo que se ha llamado “recortes”. Consiste en rebajar las inversiones y gastos, de forma que el total gastado sea menor. En este caso, pero, hay que vigilar en una serie de aspectos:
    • Hay que vigilar en qué tipo de inversiones se decide reducir: si se hace en inversiones que son productivas y que generan un alto valor añadido, entonces se rebaja la actividad económica y se continúa ingresando menos debido a este problema.
    • Hay que vigilar en qué segmentos se reduce el gasto: antes que caiga todo el sistema, hay quien cree que es preferible limitar determinadas ayudas o servicios públicos. Igualmente, hay que determinar qué servicios son necesarios para asegurar la salud y el bienestar de la población, especialmente de aquéllos que pasan por más dificultades.
  • Aumentar los ingresos: lo primero que nos viene a la mente es subir los impuestos. Si se sube la presión fiscal, las personas y empresas pagarán más y, entonces, la Administración ingresará más. Ahora bien, este punto no siempre se cumple. Toda subida de impuestos provoca una disminución de los beneficios de la actividad económica para quien la realiza o de los ingresos del trabajador que trabaja por cuenta ajena (en caso que se le suba el porcentaje de IRPF). Por lo tanto, puede provocar que las compañías decidan invertir menos o que no tengan tanta capacidad para hacerlo. Una subida excesiva de impuestos, también, va relacionada (especialmente en sociedades en las cuales la percepción del bien común es más reducida) con un mayor fraude y evasión fiscal. A más altos los impuestos a pagar, mayor beneficio consiguen aquéllos que son capaces de ahorrárselos. Por lo tanto, hay que encontrar aquel nivel impositivo, en cada contexto económico, que no suponga un freno excesivo a la actividad económica pero que, a la vez, asegura unos ingresos públicos suficientes para poder ofrecer los servicios básicos a la población.

Los impuestos como alteradores de la actividad económica

En la actualidad existen varios tipos de impuestos que, a la vez, son ingresados por distintas Administraciones. Dentro de sus competencias, cada una escoge aquel tipo que considera más adecuado. En líneas generales, diferenciamos entre dos tipos de impuestos:

  • Directos: se aplican de forma directa sobre la actividad económica. Como ejemplos más claros, encontramos el IRPF (Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas) y el Impuestos sobre Sociedades. En este caso, la variación afecta de forma directa a la capacidad adquisitiva de la persona o empresa: si se rebaja, sube el poder adquisitivo de la población que, a la vez, podrá gastar más. Si gastan más, significa que las empresas también ingresan más y, entonces, pueden proseguir su actividad con mayor fortaleza y, en caso de necesitarlo, contratar más personas que, a la vez, al disponer de más efectivo gastarán más y así sucesivamente. Referente al Impuesto sobre Sociedades, a más beneficio, más probable es que pueda sobrevivir, proseguir la actividad y generar empleo. Igualmente, como se ha comentado anteriormente, un nivel excesivamente bajo de estos impuestos puede provocar que la Administración no tenga suficientes recursos para proveer de servicios básicos o para ofrecer a las empresas el contexto más adecuado para su actividad. En caso que pasara esto, la menor actividad económica provocaría justo el efecto contrario de la explicado primero: menos actividad, menos capacidad para contratar, menos renta disponible para las personas que, al ver reducido su poder adquisitivo tampoco tienen tanta capacidad para gastar y, como consecuencia, los ingresos de las empresas se reducen.
  • Indirectos: son aquéllos que no se aplican de forma directa sobre la actividad. El ejemplo más claro es el IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido). En teoría, el IVA es un impuesto que para el empresario es neutro: su aumento o disminución lo repercute sobre el cliente. Ahora bien, el hecho que suba el IVA provoca un aumento del precio final del producto para el consumidor. En caso que sea excesiva, puede llegar a rechazar la compra. Entonces, para evitarlo, algunas empresas deciden asumir mediante una reducción de su margen la subida del IVA para no perder al cliente. Ello tiene un impacto directo sobre los resultados de la compañía, que ve reducido su beneficio y, por lo tanto, la posibilidad de generar nuevas inversiones.

La otra gran clasificación de los impuestos es la siguiente:

  • Proporcionales: se da en aquellos impuestos en los cuales el tipo impositivo es fijo. Es decir, todos pagamos el mismo porcentaje independientemente de nuestra renta o capacidad adquisitiva. El IVA es un ejemplo. Una subida de este tipo de impuesto, por lo tanto, afecta de forma proporcionalmente mayor a las rentas más bajas, porque deberán pagar una parte más grande de su renta positiva consecuencia de la subida.
  • Progresivos: el tipo a pagar depende de la renta de cada uno. El IRPF es un ejemplo. Las rentas más altas pagan un porcentaje mayor, mientras que las más bajas, uno de menor. En este caso, dependiendo de los cambios en cada margen, se verán más o menos beneficiados unos u otros según las características de la variación. 

 

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