Consecuencias de las grandes subidas y bajadas de la inflación

La inflación es un término que se refiere a la evolución de los precios en un país durante un determinado periodo. 

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Es decir, si los precios suben o bajan. Pero, ¿cómo sabemos si los precios suben o bajan si todas las personas consumimos de forma distinta? Para conocer este dato, se realiza el cálculo de lo que se llama una cesta media. Es decir, se recoge los hábitos de consumo de una población y, según el porcentaje de gasto que realizan las familias en cada tipo de producto, se realiza una ponderación. Evidentemente, aquellos elementos que son más consumidos supondrán un porcentaje mayor. A partir de estos datos, se realiza la cesta y se compara la evolución de los precios entre diferentes periodos. Ahora bien, puede ser que los hábitos de consumo de la población cambien según el periodo. Por ese motivo, para que los datos sean lo más reales posibles, se realizan actualizaciones de esta cesta para adaptarla a los cambios que haya manifestado la población.

Así, a primer término, se podría pensar que el hecho que la inflación baje es bueno para el país y, especialmente, para los consumidores. La lógica es pensar: “como con el mismo dinero podré comprar más cosas, mejor”. Ahora bien, la existencia de periodos deflacionarios (es así como se llama a la inflación negativa) tampoco son positivos para la economía, ya que pueden conllevar consecuencias nefastas. Todo ello lo explicaremos a continuación.

¿Cuáles son las consecuencias de una inflación muy alta?

Una inflación excesivamente alta se puede crear como consecuencia de distintas medidas. Históricamente, una de las más habituales ha sido por el hecho de imprimir billetes. Si los bancos centrales de un país deciden imprimir, entonces se provoca que haya más dinero en circulación. Si hay más dinero en circulación, los precios subirán. Y si hay un exceso de dinero en circulación, la inflación también subirá en exceso y traerá consigo nefastas consecuencias:

  • Pérdida de poder adquisitivo: si los precios suben, con el mismo dinero no se puede comprar la misma cantidad de bienes que anteriormente. Por lo tanto, el consumidor ve reducida su capacidad adquisitiva y, como consecuencia, comprará menos. Entonces, las empresas venderán menos y verán reducidos sus beneficios. Si esta reducción de los beneficios es tan acusada que hasta pone en peligro su viabilidad, entonces se verá obligada a realizar ajustes en su plantilla. Como consecuencia, entonces, nos encontraremos que los clientes finales (que son los mismos que han perdido el trabajo) tienen menos renta disponible y estas ventas caerán aún más. Y volverá a iniciarse el ciclo. La solución pasa, pues, por una moderación de precios, pero sin llegar a altos niveles de deflación.

  • Generación de caos: a lo largo de la historia nos hemos encontrado con diferentes episodios de alta inflación que han tenido nefastas consecuencias para su población (como en Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Aquello fue el germen de la subida del mismo Hitler al poder). Hay que tener en cuenta que, si la inflación sube mucho y los precios de los bienes cada vez van siendo más altos, la gente preferirá gastar enseguida lo que tiene porque en pocos momentos los precios volverán a subir y entonces verá de nuevo reducido su poder adquisitivo. Ello genera situaciones de nervios, caos y es la causa de una gran conflictividad. Al final, la gente tiene en sus manos billetes con muchos ceros pero que, realmente, no tienen ningún valor porque no sirven prácticamente para comprar nada. En los casos más extremos, entonces, ante situaciones de desesperación y pobreza extrema, ocurren hechos vandálicos y un incremento de la inseguridad y el vandalismo.
  • Mercado negro: en un mercado en el cual los precios son tan altos, aparece un mercado negro de aquellos que se aprovechan de las desgracias ajenas para realizar negocio. Ha sido una constante, al largo de la historia, las apariciones de este tipo en contextos de pobreza. En el caso de hiperinflaciones, no sería la excepción.
  • Pérdida de competitividad respecto el exterior: si los precios aumentan en el país, entonces es mucho más complicado conseguir exportar y se es mucho menos competitivo que respecto los otros países que mantienen el valor de su moneda y, por lo tanto, productos. En algunas ocasiones, hemos visto como gobiernos han rebajado de forma consciente el valor de su moneda como salida a situaciones de crisis económicas. En caso de bajar el valor de la moneda propia, la extranjera gana valor. Por lo tanto, las exportaciones son más rentables y es más fácil conseguir entrar en nuevos mercados porque el producto propio será relativamente más económico que el presente en aquel país. Ahora mismo, en el contexto de moneda común, no es posible realizar acciones de este tipo, ya que los cambios de valor de la moneda no los decide cada estado, sino que se ha transferido tal responsabilidad a las instituciones europeas comunes. Se trata de una pérdida de soberanía que los estados aceptaron.
  • Salida a la luz de moneda extranjera: a partir del momento que la moneda propia pierde valor, aquellas personas del país que disponen de moneda exterior deciden utilizarla para poder comprar aquellos productos que les son necesarios para vivir.

¿Cuáles son las consecuencias de una deflación excesiva?

Como se ha comentado al inicio, la deflación es una disminución continuada de los precios de los productos. Hay que tener en cuenta que, en caso que los precios bajen, las empresas ven reducido su margen. Por lo tanto, al ser menos competitivas, se verán obligadas a recortar personal. A la vez, si se recorta personal, los consumidores finales (que son a la vez los trabajadores del país que han sido despedidos), dispondrán de menos capacidad de compra, por lo que la empresa verá aún más reducidas sus ventas. Entonces, para sobrevivir, deberá despedir a más gente y se creará una rueda de la cual es muy complicado salir. Por lo tanto, como se ve, una tendencia muy bajista de los precios tampoco es nada conveniente para una economía. 

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